Taxista
Hoy me agregó un tipo a Facebook que vive en la misma ciudad que yo. Empezó con el pie izquierdo, diciéndome que me agregó porque me encontró bonita.
Ni bonita ni fea. Le dije que no trabajo, que no estudio. Tuve ganas de decirle que soy dueña de casa, que tengo un niño de seis años (sí, un poodle), y que mi marido me mantiene.
Mirando sus fotos, descubrí que era taxista. Siguió tratando de seducirme, o al menos “jotearme”. Le dije: “Nunca tuve un pololo taxista”, y me respondió: “Quizás yo sea el primero”. Poniéndome a la defensiva, contesté: “Lo siento, pero ya tengo… No lo tomes a mal, pero no saldría nunca con un taxista”.
Me sentí mala mina, media hueca.
Mirando un poco hacia atrás, lo vi a “Él“. Él tenía un trabajo común y corriente, y cursaba estudios técnicos sin futuro. Si Él hubiese sido taxista o no, me daba lo mismo. Yo lo amaba con locura. Aunque no me veo paseando en taxi para arriba y para abajo, quizás aún ahora me hubiese enamorado de un taxista: uno educado, culto, que no se las dé de galán y se esfuerce por seguir estudios superiores y ser alguien en la vida.
Ni hueca, ni superficial. Es difícil hablar de cosas profundas con alguien que sólo te toma en cuenta según como te ves: si eres bonita o fea.
Al final, el amor se basa en tener cosas que compartir. Una carrera universitaria es lo de menos. El esfuerzo por “cultivarse” pesa más. Los cuentos de hadas son reales. Yo por amor, me convertiría en el taxista que mejores novelas escribe, muy al estilo Carlos Cuauhtémoc en “La Fuerza de Scheccid“.
Si tú fueras taxista, sí saldría contigo, y te llevaría al castillo de mis sueños. Pero por ser como eres, no por ser o no ser taxista.
