Navegando por Youtube, veo un video de un chico sordomudo hablando sobre Blogger. Me cautivan sus ojos pardos translúcidos, la ternura infinita de su mirada, la dulzura de su rostro.
Empiezo a imaginar mil cosas en mi cabeza. Me digo que debe ser lindo estar con un sordomudo, a pesar de su discapacidad; tratar de entender lo que dice con su lenguaje de señas, ver lo que se esconde tras ese tentador halo de misterio que me atrapa.
Buceo en Google, y logro llegar hasta su blog. Pienso en escribirle, aunque no sé qué decirle. ¿Qué va a pensar de esta mina loca, capaz de enamorarse de ideales y de inventar príncipes donde no los hay? Para sorpresa mía, usa una de las plantillas que adapté para Blogger. Definitivamente, amor al primer post.
Comienzo a recorrer su blog. Al llegar al footer, veo algo que no me gusta: borró los créditos de mi plantilla. Frunzo el ceño, y empiezo a pasar revista por sus entradas: descargas ilegales, textos de cualquier mortal. Nada del otro mundo. ¡Qué decepción!
Cierro la ventana, y lo olvido con un clic. Por suerte, dicen que se avecina la web tres punto cero.
A La Perla nunca le gustó su nariz, porque ésta hizo su aparecida triunfal y nada grata entre los once y los doce años de edad. Quizás doña nariz se aburrió de que le dijeran que era demasiado pequeña, y que pasaba desapercibida en la cara de La Perla.
La Perla, acomplejada siempre por su nariz, porque además de ser fea no le dejaba respirar, un día decidió operarse. Se había cansado de ser un patito feo, de su nariz superlativa a la cual estaba pegada, y de no poder una buena mezzosoprano ni siquiera en la ducha. Y se operó.
El día de la operación llegó. La Perla se entregó a lo que viniera, venciendo el miedo a la desnudez al estar con esa batita que nada tenía de sexy, y venciendo el temor a perder la dignidad al usar la chatita para hacer pipí, o que le limpiaran el popó por no ser capaz de levantarse al baño. Con haberse paseado en cama por los pasillos de la clínica, ya se sentía como toda una Cleopatra.
Y así estuvo La Perla: una semana entera con yeso y tapones en su nariz, durmiendo semi-sentada, dudando si sentirse como una momia o como la novia de Frankenstein por haber ido en contra de su naturaleza humana. Pensó que nunca más sería capaz de hacer algo así.
Pasó una semana, y La Perla pudo ver al fin su nueva “nariz de chancho”, como ella misma la bautizó. ¡Y hasta tuvo pesadillas! Le costó aceptar su nueva imagen más infantil, no ver más en el espejo ese pedazo de nariz que antes le sobrara.
Ya no había más complejo, ni necesidad de llevar su escudo de armas a todos lados. Pero la tristeza no se había ido todavía. Ahí fue cuando La Perla se dio cuenta de que lo más importante era que le hiciera una cirugía a su alma: despojarse de lo inútil y doloroso y poner injertos de dulzura y alegría.
La Perla se llamaba Claudia.